jueves 28 de agosto de 2008

De Dioses y pobreza.

En la provincia de Limón, de otra Costa Rica, existe un barrio en condiciones precarias llamado La Claudia. En él, cientos de familias sobreviven día a día a las condiciones inhumanas más extremas.

Allí fue en donde conocí a don Santos. Llegué a su rancho invitado por la pobreza, con la promesa de junto a otros voluntarios ayudarle a construir un lugar temporal, un techo digno en donde pueda dormir con su esposa Juana y criar a sus hijos pequeños.

La casa, si se le puede llamar así, que la familia de don Santos habita, es algo muy parecido, o un poco peor, a un encierro para animales. Unas cuantas latas viejas pegadas a unos palos de madera podrida, algunas bolsas de basura disfrazadas de techo y paredes. El piso es de tierra. Un pozo forzado para obtener agua contaminada. Un baño expuesto, de hueco. Una cocina de leña y una pila re utilizada. El patio, separado por un alambre de púas del resto de la casa, son miles de kilómetros de plantación de piña.

De piel morena y cansada. Ojos tristes que me observaban ansiosos, sonrisa inconstante, bigote escaso, al igual que sus dientes. Piernas flacas, brazos desnutridos, pelo corto de color negro. Trabaja de lunes a sábado, a veces incluso el domingo, para una piñera transnacional a cielo abierto, ubicada a treinta minutos en bicicleta desde su rancho. Trabaja de 4am a 4pm y es liquidado cada tres meses, sin excepción. Y siendo su trabajo pesado, bajo el caprichoso sol de la costa atlántica, su salario es menor a uno mínimo.

Don Santos no viaja en autobús, no hay. No sabe de motos, carros, refrigeradoras, lavadoras, hornos microondas, televisión por cable o agua caliente, ni siquiera conoce de agua potable. No entiende de ropa, ni de moda, ni de desperdicio, ni basura. No usa bloqueador solar, no capta el concepto de internet, no sabe de globalización a pesar de ser fruto de ella. No conoce el supermercado, ni la gran ciudad, sus hijos nunca han ido a McDonald’s, se mojan cuando llueve. Don Santos esta afuera del desarrollo. Es un daño colateral, un número, una cifra alarmante, un pobre, una excusa, un problema, un obstáculo, un residuo social, una herramienta.

Y no escribo esto como manipulando, o intentando conmover al corazón neoliberal, lleno de estupor e indiferencia. Llanamente describo la realidad con la que me topé.

Por cuatro días lo acompañé en su agonizante rutina, hablé con el, conocí a su familia, jugué con sus hijos, comí su comida. No hubo día en que no deseara volver a casa, don Santos estaba en ella y de ahí, no puede salir. Quiere, pero no lo dejan.

Es aquí en donde me pregunto: ¿Es él pobre porque quiere? ¿Es acaso que el deseo de sobrevivir, de prosperar y realizarse le falla a don Santos?

Según la CEPAL, más del 40% de la población total de América Latina vive en estado de pobreza, esto es aproximadamente 220 millones de personas. Además, alrededor del 18,8% son indigentes, aproximadamente 95 millones de personas. Se entiende por estado de pobreza el sobrevivir con menos de dos dólares diarios, e indigencia, menos de un dólar diario.

En Costa Rica, dos de cada diez personas son pobres. Entre ellas mi amigo, Don Santos.

Me doy cuenta que existe una realidad paralela al “desarrollo” y su entumecimiento vivencial diario. La pobreza tiene números, pero también rostro y personalidad. La alimenta el imperio, el doble discurso, el conflicto de interés, el político corrupto, la sed por el poder, pero sobre todo se nutre de la ignorancia e indiferencia del pueblo.

Hace dos años ingresé a la organización latinoamericana Un techo para mi país. En ella trabajo como voluntario activo en asuntos institucionales y en las jornadas de construcción.

He conocido muchos precarios, casos, situaciones, personas, cifras, foros de discusión… He buscado a la pobreza y la he combatido. Y en esa búsqueda, interna y constante, encontré algo que nunca pensé ver en medio de todo esto. Fue cuestión de abrir los ojos y ver en el rostro de don Santos a Cristo.

No el dios alto y excelso, ungido, dueño del oro y la plata, santo y poderoso, temible y lejano. Mas bien al Cristo roto, ahí, en medio de la pobreza, al dios que crucificaron, el amigo del dolor, el conocedor de la miseria, el que se hizo hombre para demostrarle al hombre lo cercano que está. El dios que prefiere que escriban su nombre en minúscula, el que me dice que mi realización personal la obtendré ayudando a otros a realizarse.

Este dios no vive encerrado en cuatro paredes, camina por la calle. No engorda dormido en su ignorancia, más bien opina sobre política y sabe de economía. Habla de estadísticas y se refiere, con argumentos sólidos, a temas de interés social. Le interesa la realidad de su gente y se mueve por cambiarla.

Por muchos años asistí a una iglesia evangélica. Renuncié, porque así me enseñaron, a mi capacidad de pensar y razonar. Creí ciegamente en mis líderes y su doctrina. Sentí cosas, vi muchas otras. Y eso me llevó a construir dos imágenes: una cara de “Dios” distorsionada; manipulada al antojo e interés de muchos pastores, que hoy se es irreal y falsa. Y a un Dios salvador, vivo y presente. Bondadoso y lleno de amor. Millonario, milagroso, misericordioso, real y tangible. Pero incompleto.

Hoy descubro algo interesante, la pieza que no calzaba. Y es que el Cristo roto que conocí en medio del dolor y la pobreza, y el Dios bueno que encontré en la iglesia son el mismo. En distintas manifestaciones de su personalidad, pero iguales. Entonces alguien esta sobrando, y es el “Dios” amorfo, construido por el hombre, manejado según su interés. Ese ser aberrante maquillado de santidad, se alimenta como un parasito del Dios verdadero, pero se opone al Cristo Roto de la pobreza. Y es ahí en donde nace un abismo, grande como el infierno. Cuando en la iglesia se enseña mitad veracidad y mitad mentira se desplaza por interés la otra parte de la verdad a la calle.

Entras a una iglesia buscando a Dios, y lo encuentras, pero te nutren también de paradigmas y mentiras, y con la estrategia de temor terminas envuelto entre Dios y corrupción. Tu visión de mundo cambia, logras la santidad e integridad a medias creyendo que es total, así como el conocimiento sobre el ser divino. Te alejas de tus amigos por miedo a contraminarte, haces amigos nuevos, tal vez peores, pero retroalimentan la creencia. Sin darte cuenta eres otro, dejas de ser humano, la ignorancia crece, crece… Y el mundo se pierde.

Si los pastores nos guiaran a conocer al Cristo roto (dios) y al Dios verdadero en una sola persona y en una sola iglesia, eliminando al “Dios” propio, entregándose realmente a su llamado, siendo fieles al pueblo y sobre todo al Dios al que sirven, las cosas serian distintas.

No habría cristianos que piensan primero en ellos mismos que en otra cosa. No habría cristianos que apoyan una mentira, no habría cristianos ignorantes ni mediocres que alimentan con su error a un sistema enfermo, creyendo que hacen la voluntad de Dios porque así los domesticaron. No habría cristianos que dicen que el fin justifica los medios. No habría cristianos sin estudios ni profesión. No habría cristianos sin identidad, teniendo doble vida. No habría cristianos racistas, burlistas ni xenofóbicos. No habría cristianos que se preocupan más por el desarrollo económico de sus billeteras que por el de sus hermanos. No habría cristianos manipulables y sin carácter, creyentes de todo lo que dicta la sociedad y los medios de comunicación. No habría cristianos incapaces de defender sus creencias, bajo respaldo teórico, práctico y científico ante un grupo de académicos, intelectuales e incrédulos. No habría cristianos que se lavan las manos y renuncian a su responsabilidad revolucionaria con argumentos simplistas. Y sobre todo no habría cristianos seguidores de líderes corrompidos, cómplices de estructuras equívocas y ayudantes de un “Dios” falso, que por miedo a transgredir las leyes enfermas bajo las que viven, mueren y dejan morir aún sin haber vivido.

Esta es mi propuesta: que la iglesia sea del pueblo y se empiece a generar una transformación verdadera. Y con ella la salvación del mundo, acompañada de una excelente calidad de vida, pues quien tiene la verdad también tiene la respuesta. Y quien tiene salvación también tiene pan y agua dulce, techo y amor.

Es tal vez mi razonamiento ingenuo, o mi petición utópica. Pero se que es el mismo sueño y visión de Dios y se que el pueblo y la iglesia van de la mano. Entiendo que Dios es millonario pero habita con los pobres. Que Dios es dios y se hizo hombre. Que Dios es amor pero también protesta en las calles contra sistemas injustos. Y denuncia irregularidades así sea contra un pastor - diputado. Que Dios no teme evidenciar lo incorrecto, ni destruir el templo, ni echar a los traficantes de fe que ensucian la casa de su Padre. Y que Dios quiere que seamos como El.

Un cambio de ese tipo, una insurrección en la forma de hacer cristianismo. Lograría lo que hasta el momento no ha sido hecho.

No todo esta perdido aún. Ni para Dios, ni para el Cristo roto, ni para don Santos. Y mientras yo este vivo voy a seguir luchando. Se que no estoy solo.


Álvaro Jiménez Morales.
Estudiante Universitario

__________________________________

1 comentarios:

Jorge Vega dijo...

Saludos Alvaro!!!
Sin siquiera conocerte, y en parte gracias a esta globalización que nos envuelve, me encuentro hoy acá, leyendo tus ideas y ya te siento como un hermano.
Lamentablemente al igual que voz asistí mucho tiempo a una iglesia evangélica sin cuestionarme porqué el cristo que nos pintan cada domingo no tiene cabida en la sociedad de lunes a sabado. Creo que la propuesta de cristianismo tal y como la conocemos está viciada por la ignorancia y la codicia de algunos y por la ignorancia de muchos... nos perdemos por la falta de conocimiento...
Definitivamente es necesaria una re-evangelización y creo que tu propuesta de que empiece desde el pueblo es excelente. Difícil es cierto, pero... todo lo podemos si es cristo, el verdadero cristo el que nos fortalece.
Yo acabo de entrar a trabajar a techo tambíen, y creo que con lo poco que pueda hacer ahí, voy a afectar positivamente más a la sociedad y a mi país que haber estado 19 años en una iglesia siendo un "buen cristiano promedio"
En fin, Alvaro; creo que lo que se necesita para cambiar el estado de las cosas es detectar el problema y trabajar en su solución, así que si ya sabemos cuál es el problema sólo nos queda trabajar hasta el cansancio para solucionarlo... contá conmigo también.

Blogger Templates by OurBlogTemplates.com 2007